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La historia de mis calaveras macetas

 
¡Hola, queridos amigos!
Hoy quiero hacer pública una de mis extravagancias privadas.
Como han tenido tanto éxito para regalo, ahora vendo estas calaveras maceta.
Las encuentro en mis paseos por el monte así que cada pieza es única.
Ninguna proviene de la cacería.
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Hay de perro, de corzo, de jabalí, de zorro, de vaca y de gato. La próxima primavera encontraré de liebre, a petición de algunos coleccionistas.
Son ideales como soporte para las plantas del aire y suculentas pequeñas. Quedan preciosas y les encanta vivir en los huesos. Les dan vida.
Puedes arreglarlas como quieras para darle a tu casa ese toque de excentricidad que buscas o si eres de la onda alternativa al plástico u odias también a los "adornitos" son la elección perfecta. A mí me encantan como quedan en el jardín.
Me preguntan con frecuencia de dónde surgió la idea de utilizar cráneos de animales como soporte para plantas y después de tantas respuestas que he dado ahora me doy cuenta de que todo comenzó por una decisión.
Nos pasamos la vida tomando decisiones. Hay algunas que te persiguen para siempre. Te pesan. Las llevas en la espalda como una mochila llena de piedras.
Una de esas decisiones incómodas la tomé hace ya casi 7 años. Cuando pienso en ella deseo poder echar el tiempo atrás y tomar un camino diferente.
Mi hermana y yo teníamos un restaurante en el barrio gótico de Barcelona.
Comenzábamos nuestra primera aventura hostelera. Trabajábamos mucho, algo así como de 10 de la mañana a 3 de la madrugada.
La misma jornada la hacía encerrado en un balcón pequeñísimo el perro de nuestro vecino de enfrente que tenía una tienda de música Reggae. Daba igual la hora, que el perrito siempre estaba ahí, mirándote y alegrándose de verte cada vez desde su palco en el primer piso.
Comencé por sacarlo en mis ratos libres, después me lo llevaba a casa a dormir con la excusa de pasearlo al levantarme y cuando me di cuenta, ya era mío.
Terminar liada con ese perro, ha sido uno de los mejores regalos de la vida. Ska, fue mi amigo y compañero por 14 años.
Nos quisimos muchísimo y desde entonces afirmo convencida que el amor no conoce fronteras, ni siquiera el de la taxonomía animal.
Ska fue un perro muy especial e inteligente. Desde que fue mío, estuvo suelto por el barrio. Tenía amigos, aventuras y peleas que yo solo conocía gracias a los cuentos que me echaba la gente cuando venían a comer.
Nunca me preocupé mucho, él aparecía cada cierto tiempo a reportarse y siempre estaba en la puerta a la hora de bajar la persiana y marcharnos. Era el año 2000 y Barcelona era más libre.
No te voy a contar más sobre las audacias de Ska, porque eso sería más bien un libro y no la historia de las calaveras macetas.
 
En el 2014, vivíamos en la ciudad de Tiro al sur de Beirut. Ska ya tenía 14 años y no le quedaba ni un pelo porque sufría de sarna demodécica aguda.
Mi perro que había sido el más suave de todos los melocotones, ahora daba lástima y grima.
Además tenía artritis, cáncer en la vejiga y el sistema inmune deprimido. Él conservaba su mirada y personalidad. No se le veía ni apagado ni rendido. Sus ojitos chispeaban.
Pero un día, mientras comía, perdió el equilibrio, cayó de cara en el plato, se hizo sus necesidades encima y no se pudo levantar. Fue entonces cuando dije basta y tomé la decisión de dormirlo. Y todavía me pesa como una piedra.
Pero escuchen bien, terminar con su vida me pareció y me sigue pareciendo lo correcto. Solo que nunca me pude imaginar lo que nos pasaría por tomar esa decisión. Y si me dan la oportunidad de volver atrás y cambiar el camino elegiría no dormirlo. Al menos, no dos veces.
En Tiro no había clínica veterinaria, así que tuve que conseguir a un médico que quisiera venir a casa.
Todo fue horrible. Con prisas.
Le inyectó vía intravenosa una fórmula que mataría a cinco Rottweilers y se marchó. Nosotros llorábamos la muerte de Ska pero él seguía respirando. Llamé al veterinario a decirle que aún estaba vivo y me respondió que esa era la voluntad de Alá.
Cinco horas después mi perro resucitó de su largo sueño. Abrió sus ojos tan bonitos y bostezó mirando lo que yo quería que fuera para él el cielo, su casa.
Aunque parezca increíble estuvo un par de semanas a tope. Comía de pie, se veía atento, no podía subir las escaleras y caminaba sin caerse.
Pero de un día para otro empeoró. Estábamos como al principio. No se moría y estaba sufriendo. ¡Qué angustia!
El Dr. Maligno, accedió volver y desafiar la voluntad de Dios. Solo que esta vez que arriesgaba su fe, traía un as bajo la manga.
Como la película esa famosa "El día de la marmota" se repitió la escena. Estaba claro que la fórmula Rottweiler era una mierda. Después de una hora el perro respiraba en un sueño profundo.
Pero esta vez no quedaría vivo. Estábamos determinados a matarlo.
Samer, ¿el veterinario?, sacó de su maletín una aguja enorme y le inyectó veneno directo en el corazón. Ska (todavía hoy ruego que inconsciente) por fin estiró la pata. Mejor dicho las cuatro patas.
Después, rigor mortis.
En Tiro tampoco había un crematorio. Lo más fácil era echarlo en la basura. Lo más difícil enterrarlo.
Como tres terroristas fugitivos lo llevamos una madrugada al cementerio que queda en el mejor sitio de la ciudad antigua con vistas al mar.
Lo envolví con unas toallas como pude porque sus patas quedaron estiradas y no se podían doblar.
No fuimos capaces de cavar el suelo y lo dejamos debajo de una adelfa de color fucsia cubierto con muchísimas piedras y ramas.
Durante un año le llevé flores casi cada día. El paseo de mi otra perra incluía el desvío al cementerio y quizás fue lo más bonito de todo.
Cuando tuve que volver a España, estaba segura de que quería coger un hueso de Ska, al menos el fémur y traerlo conmigo.
Me planté en el cementerio a las 6 de la mañana, rezando para que nadie me viera, y comencé a quitar piedras, palos y matorrales hasta llegar al cadáver.
No pude abrir la "bolsa mortuoria" porque los pelos y la carne se quedaron pegados con las toallas y todo, menos la calavera, era una masa única. Me parecía macabro llevarme el cráneo pero me vinieron a la mente esos trofeos de torsos de corzo montados en madera y metal. Entonces me animé y le arranqué la cabeza.
Pasados unos años, me di cuenta de que al amor de mi vida lo tenía relegado a un rincón oscuro de la casa.
¡Qué maravilla como cura el tiempo!
Lo moví a una ventana con un chorro de luz perfecto para algo vivo.
Fue entonces cuando le puse esas dos plantas del aire en la calavera, que sus ojos volvieron a tener la misma chispa que alguna vez tuvieron.