📓

Gullade

Querido diario:
No te he contado que en la curva después de la recta de Gullade, a mano derecha, hay una casa color azul aguamarina montada en una loma. 
Es una casa más bien fea, de construcción barata con ventanas de aluminio.
La casa es de dos plantas y lo que llego a ver en los segundos que me giro antes de volver la mirada para coger la curva, es que tiene dos ventanas en la planta superior que dan hacia la carretera. También veo un pequeño jardín con árboles y el cercado para un perro que salta sobre el techo de latón de su casa para ladrarle a los coches. Puedo escuchar sus cadenas cuando chocan con el metal. Es claramente una denuncia. Cercado y atado.
Nunca llego a ver bien los árboles y tampoco sé si el jardín está bien cuidado. Aunque reduzco la velocidad en la curva para poder mirar más, el salto del perro y sus cadenas se roban mi atención y entonces me concentro en reconocer de qué raza es el perro.
No paso por delante cada día. Digamos que dos veces por semana. Osea ocho veces al mes, 96 veces al año.
No he contado si las 96 últimas veces el perro ha ladrado pero sé que inevitablemente si ladra se me escapa la mirada. Entonces mi reconstrucción del cuadro queda incompleto. A veces paso y se me olvida girar la cabeza y mirar. Me recuerdo luego en la noche cenando o en la ducha y me molesta mucho porque me gustaría saber si el jardín es bonito. Pero nunca lo veo.
Hace como dos meses, justo antes de pasar, reduje la velocidad para tomar la curva como siempre, pero además di un corto frenazo como para ganar dos segundos. Sé que hice trampa porque la idea es ver lo que vea en los segundos que paso con el coche.
Es como cuando uno completa las las frases escritas con palabras a las que le faltan letras.
¿Nunca algún amigo ha colgado alguna frase de estas en Facebook?
 
notion image
No es exactamente así pero es algo parecido. Es cuestión de rellenar los vacíos con lo que ya sé. De hecho, lo puedo hacer porque he visto miles de casas y miles de jardines y quizás este jardín lo veré muy bonito.
Estamos ciegos sin conceptos. Si nunca hemos visto un triángulo, ¿reconoceríamos alguno al verlo?
Un doctor en la India que se llama Pawan Sinha fundó un centro de ayuda para niños pobres ciegos que se llama “Project Prakash”. La mayoría de los niños sufren de cataratas congénitas. Después de las operaciones de cataratas los niños se tardan semanas incluso meses en ver como nosotros vemos. No reconocen un triángulo aunque lo hayan palpado antes a ciegas, no tienen el concepto de profundidad (es insólito pero también es aprendido), ven destellos de luz, no reconocen las caras, ni ven la mayoría de los objetos. Confusión total.
Siempre creí que sería como en las películas cuando al paciente le quitan el vendaje y reconoce emocionado a todos los que están a su alrededor.
Pues hace como dos meses, cuando pasaba por la casa de Gullade hice trampa y frené más de lo debido. Gané varios segundos. Tenía la mirada preparada para el jardín pero vi que de la ventana derecha salía medio cuerpo de una mujer muy gorda y los brazos le colgaban como si no fueran de ella. Me pareció muy morena. ¿O era una camiseta oscura? Me olvidé de los brazos e inmediatamente me concentré en su rostro y me di cuenta que tenía la mirada perdida en el horizonte. ¿Estaría como yo jugando a memorizar el paisaje que ve desde su ventana? Más bien parecía que se hubiera asomado a sacudir una sábana y se hubiese quedado atascada. ¿Estaría pidiendo auxilio? ¿Estaría triste?
Las siguientes veces que he pasado delante de la casa no me he olvidado de mirar y casi siempre la veo ahí asomada contemplando el paisaje. ¿Quién será esa señora?
Me di cuenta entonces que nunca miro hacia ese lado cuando voy de bajada. Y es porque cuando voy de bajada estoy pendiente de ver otras casas, pero sobretodo el huerto que está en la acera de enfrente de la casa aguamarina unos 200 metros más adelante.
El señor ya puso las judías que le crecen como las de Gulliver y no como las mías.
Ya ató sus magníficos tomates rodeados de hileras de cebollas que parecen un ejército firme desfilando ante unas bailarinas de flamenco, altas y vistosas como son las berzas.
También rastrilló las malas hierbas y una vez, hasta lo vi atrapando al escarabajo de la patata.
Nunca dejo de mirar su huerto porque quiero saber si ha puesto algo diferente.
Hace poco tuve un día emocionante en mis juegos del coche. Pude ver muchas cosas en pocos segundos.
El señor había sembrado girasoles. El corazón me dio un vuelco. Estaban sensacionales. Gigantes. No los había visto. O quizás los había ignorado hasta lo imposible. Me dolía el recuerdo de mis girasoles enanos, retorcidos y estáticos. Unos científicos han explicado que los tallos de los girasoles crecen más del lado por donde reciben el sol.
Después del huerto, en un terreno más abajo que alguna vez conté cuatro, esta vez pude contar hasta seis gallinas y pude ver que el cacharro del pienso lo tenían lleno. Más adelante y antes de la casa con piscina, el perro miserable sin sombra y sin techo que vive vallado en su prado con hierbas estaba durmiendo en el mismo rincón de siempre. ¿Cuando me voy a bajar a ponerle un cartel que diga “Hijo de Puta”?
La casa con la piscina cubierta seguía cubierta, en la casa que se vende leña, que tiene una finca enorme vallada como la que yo quisiera, habían unos corderos. 
El otro día, vino a mi casa el instalador de la calefacción a calcular los metros cuadrados y cúbicos. Lo hizo en tres segundos con una especie de lápiz con rayo láser que según donde apuntaba le daba la distancia en una pantalla LED. Así trato de calcular los metros cuadrados de las fincas que me gustan cuando paso con el coche.  La de la leña puede que tenga 7.500 m2.
La casa con las berzas más cuidadas de la comarca donde N U N C A he visto a nadie, está un poco antes del cruce a la izquierda que debo tomar para salir de la carretera y que marca el fin de mis juegos del coche.
Hay otras casas, querido diario, que miro fijamente. Hay una casa que tiene una pared de azulejos que da justo hacia la carretera. Azulejos color pastel pero al estilo Op Art gallego. Cada vez que paso me quedo mirando ansiosamente a la pared como esperando una experiencia perceptiva. Pero los miro fijamente y ya. No pasa nada.
Cuando voy en el coche de regreso, de subida, por la recta de Gullade, solo juego a ver dos cosas. 
Una es la entrada de una casa que tiene tres enormes hierbas de la pampa. "Están secas, las han podado, qué bien soportan la niebla, qué lindas están, etc, etc…"
Estas tres hierbas de la pampa con sus plumones descarados y su chorro de hojas largas como cintas son las representantes de la majestuosidad del trópico en esta mi comarca del exilio. Dicen que son invasoras.
De subida, solo juego a ver dos cosas porque al volver estoy cansada de las compras.
Hay días intensos llenos de gordos y gordas que me distraen con sus carnes voluminosas, tetas descomunales, barrigas volumétricas y me hacen pensar en la moda, el poliéster, el racismo, la genética, la injusticia social y el oficio de cortadores de jamón.
Hay días que entre los cortes de pelo, las uñas de las señoras, las orejas de la peña que parecen de un video de ciencia ficción y lo insólito de los dientes de la población española, termino agotada. ¿Qué pasa con los dientes en España? Hileras de dientes grises, miserables y feos con encías desgastadas y anémicas es lo mejor que te puede tocar. Me hablan y me quedo como hechizada, dando vueltas en un espiral de colores que me envuelve y me quiere tragar e hincar esos dientes espantosos.
Prefiero que me coma el lobo.
Pero cuando termina mi odisea y me voy corriendo en mi coche, me regaño porque esa actitud no está bien. La suerte es poder venir a comprar y si somos tan feos no hay nada que pueda hacer. Solo tenemos pelo en la cabeza y la mayoría tiene dientes espantosos y no hay modelo social que le ponga remedio.
Como a todos nos pasa, hay días que estoy débil y no miro a nadie en el súper. Entonces voy como flotando y pierdo el criterio. Esos son los días que regreso a casa con alguna bolsa de patatas fritas o por ejemplo, un bote de azúcar de caña de mala calidad.
En un día de debilidad que iba de subida en el coche, después de chequear a las hierbas de la pampa, estiré el brazo para coger la bolsa de patatas que había comprado. También cogí el móvil y empecé una sesión multitasking de esas que son como un mini reto estúpido que una vez superado te hace sentir lista y actual.
La meta era revisar las llamadas, poner un podcast, encender el altavoz, comer, conducir sensatamente y controlar la casa aguamarina. Pero mientras me sacudía la sal de las patatas de las manos, miraba la carretera y desbloqueaba el móvil, salió de la nada un gato naranja que quiso cruzar la carretera pero se estrelló contra la rueda trasera.
El gato quedó tumbado dando vueltas en círculos. Lo veía impávida por el retrovisor hasta que reaccioné. Aparqué en el arcén y fui a recogerlo. Cuando llegué a su lado, ya estaba tranquilo. Le salían dos hilos de sangre por la nariz y se rascaba con una pata trasera una oreja. Era precioso. Lo levanté pero como no se tenía de pié lo cargué entre mis brazos.
Fue en ese momento que me di cuenta que estaba frente a la casa aguamarina. Era más fea de lo que pensaba. La señora gorda estaba ahí atascada en la ventana mirándome. Entonces noté que se movía hacia delante como queriendo lanzarse por la ventana o más bien rebotaba suavemente.
Era una escena confusa e inesperada. La mujer me sonrió y vi que detrás de ella había un hombre apoyado sobre su espalda que la estiraba del pelo. Con cierta incomodidad me subí al choche y me fui.
¡Y me olvidé de mirar el puto jardín!
 
12 Jun 2017