¿A quién no le gustaría ver a un tigre en la selva?
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¿A quién no le gustaría ver a un tigre en la selva?

En un área natural protegida en Laos, todavía se pueden ver tigres. Las comunidades de la zona han hecho de la protección de la naturaleza su medio de vida. ¿Es posible vivir de los recursos sin esquilmarlos?

 
“Indochina, el último hogar que tienen los tigres”, es el título promocional de la campaña de conservación de una de las Áreas Nacionales Protegidas de Laos.
Nam Et-Phou Louey se llama la zona, tiene 420.000 hectáreas de las cuales 300.000 están ultra protegidas.
En esta área, los tigres tienen la posibilidad de sobrevivir y procrearse en su entorno natural, lo cual es un indicativo de la rica biodiversidad de la zona.
Los tigres son un indicador de la salud de la selva. Al estar en el tope de la cadena alimenticia su mera existencia supone una abundancia del resto de las especies. Flora incluida.
Según los datos que publica Judy Mills en su último libro “La sangre de los tigres”, quedan en Asia alrededor de 3.000 ejemplares. En África no queda ninguno, solo hay tigres en cautiverio.
Tres mil, es una cifra alarmante. El mundo entero está escandalizado porque quedan cerca de 100.000 elefantes salvajes y poco más de 20.000 rinocerontes(incluyendo todas las especies).Hay un movimiento de conciencia mundial para salvar a estos animales.
¿Cómo puede ser que los tigres no están incluidos en este esfuerzo?
¿Por qué nos estamos olvidando de los tigres?
 
Todo esto, leía una mañana sentada en la terraza de nuestro hotel en Vientián. Quería armarme con los argumentos necesarios para convencer a Pasqual, de que valía la pena ir al Safari Nocturno de “Nam Nern”. A la zona del último hogar de los tigres. Quizás veríamos alguno.
Estábamos de viaje por Laos. Él, se encargaba de las visitas a ciudades y yo, como siempre, de las excursiones a un parque natural, nacional o área protegida.
Laos es un país pequeño, sin salida al mar, abrazado por Tailandia y Vietnam con China y Myanmar al norte y Camboya al sur.
Lo recorre de norte a sur el río más extenso del sudeste asiático, el Mekong.
En la actualidad es un estado socialista con economía de mercado. La agricultura de subsistencia es la principal actividad junto con las exportaciones de madera, café, cobre, oro y estaño a los países vecinos.
El turismo también forma parte de una de las principales industrias con más de cuatro millones de visitas al año.
Desde Vientián, la capital, para llegar al hogar de los tigres en el noreste, teníamos que recorrer casi 500 Km, la mayoría a través de las montañas rugosas y la selva subtropical.
Decidimos que la mejor manera de visitar el país sería en moto. Alquilamos un modelo enduro en una agencia de turismo de un americano casado con una vietnamita. Vivían desde hacía más de 20 años en la región.
“¿Queréis ir a ver los tigres?, no sé si los chinos han dejado alguno”.
Le preguntamos si nos recomendaba el safari de Nam Nerm y nos dijo entusiasmado que valía la pena. Pero que nadie había visto tigres. “Si quieren verlos vayan al zoo o las granjas de tigres en China”, nos advirtió.
 
Las granjas de tigres en China son criaderos de estos animales para el comercio de pieles, partes y huesos.
El principal producto que se elabora es el vino afrodisíaco con huesos de tigre, algunas botellas con pene de tigre incluido.
Es muy famoso y deseado entre las clases adineradas.
Estos animales, criados en cautiverio y con fines comerciales, son casi tan desafortunados como los pollos.
A muchos los usan para circos privados, espectáculos, exhibiciones turísticas o cualquier otra excentricidad de la mente humana.
Les arrancan las uñas, los dientes, los utilizan de objeto sexual, los torturan y les pegan hasta dejarlos en un estado de pánico absoluto que los paraliza y los hace inofensivos.
Se estima que hay entre 5.000 y 6.000 tigres en alrededor de 200 granjas.
¡El doble que en estado salvaje!
Y eso que en el 2007, la Convención sobre el Comercio Internacional de Especies Amenazadas de Fauna y Flora Silvestres, CITES, prohibió las explotaciones de tigres en China.
 
Esa misma tarde, después de recoger la moto, salimos con nuestros cascos (el mío rosa chicle), chaquetas, tapa bocas y dos mochilas enormes que desequilibraban la moto.
 
¡Somos turistas y vamos a ver a un tigre!
 
Nuestra pinta occidental contrastaba sin duda con el desenfado y desenfreno del parque automotor del país.
No recuerdo haber visto a gente con casco y mucho menos con chaqueta. 
Eso sí, todo el mundo llevaba mascarillas de muy diversos diseños y colores para no tragar humo y polvo.
 
Llegar hasta el safari nocturno de Nam Nern nos iba a tomar al menos una semana incluyendo una visita a la maravillosa ciudad de Luang Prabang.
Nam Nerm, es un modelo de ecoturismo desarrollado por la Wildlife Conservation Society, el gobierno de Laos y las comunidades de la zona que se han involucrado.
La idea es simple. Más bien es una apuesta.
¿Es posible que la gente que vive en las áreas protegidas se sirva de sus recursos sin esquilmarlos?
¿Puede llegar a tener la naturaleza un valor tan alto para los locales que pueda hacerle frente al tráfico ilegal de flora y fauna?
En el 2013, el Safari de Nam Nern se ganó el premio como “Mejor ecoturismo responsable y mejor experiencia salvaje responsable” en el World Travel Mart en Londres.
Uno de los jueces del evento destacó: “este safari ha sido diseñado para apoyar la conservación de los tigres y vida salvaje. Ponerle precio a los animales puede ser un arma contra la cacería furtiva”.
 
Nuestro camino fue muy lento. A 30 Km por hora, fuimos atravesando las montañas de cima en cima por estrechas carreteras por las que aparecían y desaparecían una aldea tras otra.
¡Qué preciosidad de paisajes! La majestuosidad del verdor de la selva se perdía en el horizonte o se levantaba como una pared impenetrable ante nosotros. Las curvas infinitas de la carretera tenían un efecto hipnótico que se rompía al entrar en las aldeas porque siempre se nos cruzaba un pollito indeciso. Oían el estruendo de la moto y panificados comenzaban a dudar, si izquierda o derecha, hasta que en el último segundo se echaban a correr muchas veces hacia las ruedas, con tanta fuerza, que sus cuerpos estaban casi paralelos al suelo. También nos cruzamos con muchas vacas y cerdos suicidas.
Me daba rabia pensar en lo vulnerables que estaban los animales domésticos expuestos siempre al tránsito.
Pero es que la gente vive en la carretera. Las tiendas de verduras, los lavaderos, los baños, los talleres, los colegios, los patios, las casas, todo está a pié de calle. Niños de dos y tres años caminado solos en el medio de la nada. ¿A dónde van?
Las aldeas y las infraestructuras son realmente precarias. La mayoría de las casas están entre la carretera y un barranco o un precipicio. Están levantadas del suelo y se parecen mucho a los “palafitos”.
No hay saneamiento ni agua corriente y en muchos pueblos tampoco hay electricidad. Así es el Laos rural donde la gente vive de la agricultura de subsistencia y de lo que puede. ¿Conservación? No se me ocurría nada menos compatible con la realidad.
 
En un pueblo llamado Vienthong, se encuentran las oficinas del área protegida de Nam Et Phou Louey y la sede del safari que opera dentro de la zona.
Habíamos quedado allí el día antes de nuestra aventura con una de las organizadoras del safari. Nos daría la bienvenida, información y nos pondría en contacto con nuestro guía. La chica nos confesó que todavía estaba celebrando el fin de año, era 1 de enero. “Lo siento pero estoy un poco borracha”, nos dijo.
A mí me parecía muy sincera mientras nos explicaba que desde el 2005 nadie había visto un tigre. “No perdáis la esperanza”, nos animó al ver nuestras caras, “tenemos varias cámaras en la selva que los han capturado en fotos y también tenemos el registro de sus huellas”.
Leyendo la infografía expuesta en la oficina, confirmé que de 100.000 ejemplares en 1920, en el 2013, se contaban más o menos 3.000.
La pérdida de su hábitat y la cacería son las principales amenazas.
Un tigre puede costar entre 10.000 y 70.000 dólares en el mercado internacional.
El precio de un tigre es muy alto. No hay “ecolodge” en el mundo que pueda competir con tanto dinero. Además, según había leído, los tigres libres, se pagan mucho mejor a medida que hay menos ejemplares. Algunos grupos conservacionistas apoyan las explotaciones de tigres porque creen que los enjaulados salvarán a los salvajes.
Pero la realidad cuenta otra cosa.
La compra y venta de partes y pieles de tigres, está prohibida a nivel internacional desde 1993 por CITES. Aún así, en China, hay una red ilegal que está en manos de gente poderosa y rica que adquiere estos productos como símbolo de estatus, nivel adquisitivo y poder. Los granjeros de tigres están presionando al gobierno chino para que levante la prohibición porque saben que la demanda es grande. Tienen muchos años en el mercado y lo conocen. Desde 1991 existen las granjas de tigres y se comercializan sus productos.
También existe una demanda paralela de gente millonaria que está dispuesta a pagar lo que sea por una piel de tigre salvaje. Los productos de granja que los compre la clase media. La diferencia la explica muy bien Judy Mills en su libro: “los ricos no quieren un collar de circonio cúbico, quieren uno de diamantes de verdad”.
Por otro lado, las cinco especies de tigres que quedan (Bengala, China, Indochina, Sumatra y Amur de Siberia)están en situación de alto peligro de extinción. Por increíble que parezca, esta condición ha abierto otro negocio paralelo al que se le llama “banco de extinción”.
Se trata de ir coleccionando piezas de tigres salvajes para que cuando se extingan poder venderlas a precios exorbitantes. Cuando ya no existe más un animal, se levantan las prohibiciones internacionales de comercialización. Que lo cuenten los tigres del Caspio, de Bali y de Java que ya están extintos.
 
Por fin, el día había llegado. Esa noche tenía la posibilidad de ver a un tigre.
Por la mañana bien temprano, esperábamos a nuestro guía en uno de los restaurantes de la encrucijada principal del pueblo. Ranas, pájaros pequeñitos y pollos asados se exponían en hojas de plátano ya listos para el desayuno. Mientras tomábamos té, apareció un chico en una moto y nos apresuró a seguirlo por 60 Km más hasta la salida de la excursión en el río Nam Nerm.
Nuestro guía se llamaba Kub. Tenía la cara muy redonda, con una piel elástica que acentuaba sus gestos desenfadados y alegres. Nos presentó a dos chicos más que también eran guías de nuestro safari. No se parecían en nada. Seguro que eran de etnias diferentes.
Kub trabajaba para el safari por su inglés y por su experiencia con turistas extranjeros. Los otros dos señores eran de la zona de Nam Et-Phou Louey. “Nos encanta trabajar en el safari porque recibimos dinero inmediato después de cada visita”, nos explicaban mientras caminábamos hacia el río.
“Tenemos un fondo donde el dinero recaudado del turismo se deposita y luego se reparte según las necesidades de cada comunidad”.
"Aparte, cada vez que alguien viene se le paga por los días de trabajo y se reparten las propinas” comentaba Len, mientras Kub traducía en un inglés que no daba lugar a la distracción.
 
Apenas llegamos a la orilla, comenzamos la excursión de dos horas río arriba hasta el campamento.
Nuestra embarcación era una canoa de madera muy larga con sillas de plástico con las patas cortadas que hacían de asientos. El motor gritaba tanto que era imposible hablar.
Estábamos realmente en el medio de la selva. El paisaje era idéntico al de las películas de la guerra de Vietnam. Jungla espesa y desolada. Bellísima. Solo a veces se veían los techos de chozas o cultivos cerca de las orillas del río. De pronto, en medio de la nada, apareció un vigilante encaramado en una torre de bambú que al vernos saltó a tierra firme para levantar una suerte de puerta que impedía el paso por el río. “Aquí comienza la zona ultra protegida”, nos gritó Kub desde babor. A partir de ahí no vimos nada más que naturaleza y pájaros, algunos de los cuales pude identificar después en las fichas que tenían los guías sobre los animales de Nam Et-Phou Louey.
El campamento era muy agradable. Austero, discreto y pintoresco a la vez, no era más que una batería de cabañas típicas que se integraban muy bien con el entorno. El “ecolodge”, me explicaron, lo llevan los habitantes de una aldea que se llama Ban Son Kua. Para realizar las labores se han dividido en cinco grupos: los guías, los cocineros, los canoeros, los encargados del campamento y los que hacen la artesanía. Hacen una pequeña selección según las habilidades de cada uno y se van rotando los trabajos. Las decisiones están en manos de la comunidad local y lo más importante es que ellos son los beneficiarios.
 
Para comer nos hicieron platos típicos vegetarianos. Arroz blanco pegajoso, fideos, surtido de vegetales salteados con soja picante y hierbas de río aderezadas con chiles, cebollas y salsa Maggie.
Comimos todos juntos sentados en el suelo de la cabaña. Mientras hablábamos, íbamos haciendo bolitas de arroz que luego sumergíamos con entusiasmo en la salsa de los platos.
Alrededor de las cinco de la tarde, subimos de nuevo en la canoa un par de horas río arriba hasta llegar a una playa donde acampar y cenar.
Era aquí donde comenzaba el safari nocturno.
Los tres guías tenían muchísimas ganas de explicarnos todo lo referente al safari, a los animales e incluso sus vidas.
 
Ya caía la noche y estábamos los cinco sentados alrededor de una fogata. Hacíamos tiempo para el descenso silencioso hasta la base.
Len y el otro chico cuyo nombre no recuerdo, habían sido durante años cazadores furtivos. Durante la conversación, insistieron en que proteger a los animales era beneficioso a largo plazo. Querían que sus hijos vivieran en la selva como ellos.
“Durante la guerra de Vietnam, cuando los americanos nos bombardearon, nuestros padres y familiares tuvieron que vivir casi 10 años escondidos en cuevas para sobrevivir. Tenían pocos animales de granja y la cacería era un medio de sustento”.
“Nosotros hemos sido cazadores desde niños, por eso nos han escogido como guías porque conocemos este territorio palmo a palmo”.
Laos ha sido el país más bombardeado de nuestra historia. Los Estados Unidos llevó a cabo una ofensiva secreta para acabar con los comunistas que consistió en lanzar dos millones de toneladas de bombas entre 1964 y 1973. Lo que equivaldría a un ataque cada ocho minutos, las 24 horas del día, durante nueve años.
El norte del país lo atacaron con el fin de acabar con las actividades de la Pathet Lao, el movimiento comunista laosiano, que tenía su sede central en Sam Neua a 60 Km al norte de la zona protegida. El sur también lo bombardearon para destruir la ruta del tren de Ho Chi Minh.
Los guías nos hablaron de la destrucción de la naturaleza, de los inmensos cráteres que quedaron después de los ataques aéreos y de las proyectiles que aún hay bajo tierra que no han detonado.
 
Se calcula que hay alrededor de 80 millones de bombas sin explotar esparcidas por todo el país.
40 años después, siguen habiendo víctimas que pierden la vida o partes de su cuerpo por detonaciones accidentales.
 
Cuando el fuego había perdido la llama y ya casi no nos veíamos las caras, nos dimos cuenta que estábamos envueltos en el negro sonoro de la noche. El ruido de la selva era nítido y misterioso.
Subimos a la canoa todos en silencio para comenzar el descenso dejándonos llevar por la corriente y el sonido del río. Estábamos sentados uno tras otro en la estrecha canoa, inmóviles. Solo trabajaban el barquero, que esquivaba las rocas con un larguísimo palo y Len que buscaba animales con una linterna de cabeza. Lo hacía tan rápido que era imposible seguir el punto de luz que iba moviéndose. Rastreaba el paisaje sin parar por ambas orillas. Su linterna subía por el tronco de los árboles y zigzagueaba por las ramas. Nosotros seguíamos el haz de luz con segundos de retraso. Y de repente, ¡ajá!, un par de ojitos rojos traslúcidos se quedaban petrificados porque una vez hallados eran objetos de las linternas de cada uno de nosotros. !Un ciervo de Sambar!¡Una civeta !Un gibón! Así estuvimos más de dos horas viviendo una experiencia única, perdidos en la selva, en una noche negra sin luna pero llena de vida.
 
Al día siguiente, después del desayuno, nos reunimos con los guías para repasar los animales que habíamos visto la noche anterior.
Teníamos que apuntarlos en una lista y firmar, porque por cada animal visto recibían una suma de dinero diferente.
Ver un tigre, por ejemplo, son 130 dólares, un gaur 25, una civeta 15.
Nosotros vimos tres civetas, tres ciervos sambar, dos ciervos muntjac rojos y un gibón. Un total de nueve mamíferos con un precio entre 20 y 15 dólares y una culebra verde venenosa sin precio hasta entonces.
Los resultados los teníamos que escribir en una tabla que estaba dibujada en la pizarra del comedor. Era una lista con los animales vistos por cada grupo de turistas que había hecho el safari en los últimos seis meses.
 
Nos pusimos a comparar nuestros animales con los que estaban apuntados.
Alguien había escrito, por debajo de los tigres, “dragones y unicornios”.
Estaban al final de la lista, los tres animales, solos, sin número.
Nunca nadie los había visto.
¡Qué tristeza!